Un día para curar la desmemoria

Era un ritual, las lágrimas que bajaban por las mejillas arrugadas del abuelo, cuando evocaba las palabras premonitorias de Jorge Eliécer Gaitán. Crecí escuchando sus relatos de ferviente liberal, sobreviviente de dos guerras civiles (la de los Mil Días y la denominada época de La Violencia); era un viejo como todos los de su generación, nostálgico y desencantado, del que aprendí la truculenta historia de Colombia con sus palabras cargadas de derrota. Caminé con él año tras año el 9 de abril por la carrera séptima y por el cementerio Central y cada año ensamblé una pieza, encajé un dato, entendí alguno de los episodios que me iba contando para terminar de aderezar mi infancia, que como la de toda mi generación, estuvo rodeada de bombas, masacres y magnicidios.

Ahora, cuando ya hemos entrado de lleno en el siglo XXI, la historia que contaban nuestros abuelos apenas si ha cambiado. Perviven los mismos oscuros apellidos bajo las mismas estructuras de poder, gobernados por las mismas élites, desangrados por el mismo conflicto. Sin embargo a nuestra generación le inculcaron la idea de que vivíamos una guerra sin causas, que nació con las FARC y que esta a su vez nació con Marulanda y que este nació como leyenda de la noche a la mañana en Marquetalia, y ahí se acabó nuestra precaria historia. Los únicos que vivieron y supieron realmente cómo empezó toda la violencia de los últimos 50 años fueron esos viejos que nos intentaron transmitir su relato. Esa generación va muriendo y con ella los testigos de excepción que refutan a los historiadores.

Es tal nuestra desmemoria que no hemos caído en la cuenta de que gran parte del Congreso de la República está tomado por las viejas figuras de siempre fosilizadas, esperpénticas, decadentes. Y además por los hijos o nietos de quienes han detentado algún tipo de poder político; es un Congreso de delfines y de caciques. Por fuera de esos círculos viciosos quedan algunos congresistas desperdigados que se cuentan con los dedos de una mano.

Seguimos, sesenta y siete años después del asesinato de Gaitán, asfixiados por la vigencia de sus palabras, que vivimos en un país devorado por su propia oligarquía. Justamente un acuerdo de paz desmontaría el pretexto que utilizaron durante décadas para desviar la atención de todo un pueblo sobre el problema de fondo que carcome a Colombia. Mientras estuvimos pendientes de los avatares del conflicto armado, la oligarquía se repartió entre sus familias las instituciones del Estado. Por su parte los gamonales venidos a más con ayuda del paramilitarismo utilizaron el despojo como mecanismo para hacer su particular reforma agraria.

No pretendo aquí una lección de historia, pretendo referirme a un día que desde 1948 es el símbolo de una denuncia, perdida en la impunidad, contra un Estado que funge ser de derecho. Pero una cosa es serlo y otra muy distinta parecerlo. La altura moral de la dirigencia que diseñó y ha gestionado esta república no daba para la aplicación y el ejercicio de una democracia pulcra y genuina. La salida fácil ha sido la de aparentar que lo somos y por el camino ir eliminando las voces de quienes con toda la integridad moral lo han denunciado, ahí están Gaitán, Pardo Leal, Antequera, Pizarro, Bernardo Jaramillo o Luis Carlos Galán entre un largo y dramático etcétera. El espacio vacío que han dejado todos estos asesinatos se ha llenado con una mezcla malsana de timoratos, leguleyos y mercachifles.

Por esa razón creo que, al margen de cualquier postura ideológica o nivel de vinculación con nuestra realidad política, el 9 de abril es un día dedicado a todos nosotros/as, a las mayorías sociales de este país. Es un ejercicio de memoria colectiva, una deuda pendiente que no nos la va a pagar esa minoría que nos llenó de amnesia. Es una forma de devolvernos la confianza perdida en nosotros mismos para rescatar al Estado y devolverlo a sus verdaderos hacedores, al pueblo. Así las cosas esperemos que la clase política tradicional, promotora de esas dos guerras civiles, la misma que se entregó a los carteles del narcotráfico, que se vendió a los grupos paramilitares y que ha hecho un festín de corrupción las instituciones del Estado, no salga ese día si le queda en algún recóndito lugar de su conciencia algo de decoro.

@jc_villamizar

Juan Carlos Villamizar

Interesado en ecologismo, feminismo, política y reflexiones que rompan el pensamiento único. Buscando en las rebeldías al ser humano universal. Consultor en migraciones forzadas, proceso de paz y pedagogía, participación ciudadana y víctimas en el exterior

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